Esta batalla tiene sentido porque no tengo posibilidades de ganar. Y esta espera tiene sentido porque la paciencia es una virtud, y más cuando lo que se espera es que llegue a tu puerta una canasta con galletas, vino y un pequeño paquete en el que se encuentra la eterna felicidad.

Porque la paciencia es una virtud, y pese a no ser la mía, la convertiré en tal. Porque desesperar me hará más daño, y el miedo a decepcionarte me destruye cada vez mas. La paciencia, algún día llegaré a conocerla. De momento empiezo a desesperar, sólo son trece días… Sólo… ¿Sólo? Dios mío, lo que puede pasar en trece días me da miedo…

Porque si bien en medio minuto puedo jugármelo todo, en media hora puedo perderlo todo, en tres días puedo destruirlo todo; trece días son demasiado, el ser humano no debería estar hecho para esperar, no de este modo. Porque poco a poco estoy más cerca, y aún así me parece cada vez más lejano el momento en que nos juntaremos por primera vez.

Porque quien haya dicho que la paciencia es una virtud fue muy consciente de la escasez de ésta en el ser humano. No estamos hechos para esperar; yo no estoy hecha para esperar. Y me consumo día a día, esperando una llamada que me haga más amena la espera, o un mensaje que me haga al menos sonreír lo que me queda de día.

Porque no puedo, no es posible, no es soportable: así es como uno se deprime al saber que aquello que espera, en el preciso instante en el que lo piensa, le está faltando; porque me falta algo que estoy esperando y esa espera me está matando. Porque… ¿Por qué?

Porque aunque no pueda esperar, no puedo dejar de hacerlo. ¿Qué puedo decir? Solo tengo que comunicarte una cosa, algo que bien sabes, y que espero que nunca olvides.

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