Lo mejor.

Lo mejor es soñar. Soñar, y despertar teniendo ese sueño en mente; despertar y entenderlo, y sonreír, y darte cuenta de todo. Eso es lo mejor. Despertarte viendo la revelación en tus párpados dormidos. Despertarte queriendo seguir durmiendo, pero con fuerzas para poder seguir ese día y muchos más adelante.

Lo mejor que le sigue a eso son los colegas, cuando te encuentras con ellos. En el instituto o fuera de él, las tonterías y los piques tontos entre nosotros. Darse cuenta de que hay gente que sigue ahí… Aunque algún día se vayan, porque todo siempre es así. Pero que estén. Que estén, que te den la alegría de las mañanas, de las tardes. Que puedas reír, aunque todo te esté saliendo mal. Los colegas. Nada más.

Y el llegar a casa, y la pereza. Sí, la pereza de no querer hacer nada más que esperar un llamado y tirarte en la cama a hablar diez minutos o dos horas. Mirar la foto del escritorio, recordarlo a él, soñar despierta. Pensar en su sonrisa, su bendita sonrisa y en sus labios, besando los míos o suspirando tequieros. Sí, pensar, recordar, y seguir soñando. Y luego tenerlo, entre mis brazos, y no querer que se vaya jamás.

Y llorar. Parece tonto, pero lo mejor de todo, es poder llorar. Sentir la necesidad de hacerlo, de vez en cuando, para darte cuenta de que no todo es tan precioso… O de que todo es absolutamente maravilloso. Llorar, en silencio.Y volver a soñar. Dormir, un día más, para poder despertarme a su lado, o imaginar que lo hago. Para poder despertarlo cuando esté dormido (porque sí, siempre me despierto yo primero) y quejarme, y llamarlo tonto.

Eso. Y todo lo demás.

Lo mejor de lo mejor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *