Son las noches, aquello momentos lejanos en los que el sueño nos invade y nos hace reflexionar. Son las noches, las capaces de torturarnos y alegrarnos, mediante el subconsciente que nunca nos quiere abandonar. Son las noches, las que nos controlan. Y es durante esas noches, que ellos aparecen.

Sueños; sueños como los que acuden a nuestro encuentro cada noche, que nos sacuden, como las olas lejanas del mar con las que nos vemos obligados a combatir. Sueños, que se elevan en la noche y gimen desde la oscuridad, como lo primitivos que son. Sueños, que cual bola de cristal buscan revelarnos secretos, llenarnos de sabiduría. Sueños, son ellos los que nos enseñan nuestras grandes verdades, verdades ocultas o tan sencillamente vanas mentiras a las que nos aferramos de por vida, por miedo, por algún temor que nos acecha.

Sueños de nuestros temores. Sueños, como los que tenemos todos. Sueños como los de ella, con su miedo a morir, a ahogarse, a ser asesinada. Miedo a no poder huir, y verse obligados a luchar contra todo aquello a lo que no quiere, o sencillamente teme, hacer frente. Miedo a perder aquello que más le importa, por traición o decepción. Miedo. Y nada más.

Sí, ése tipo de sueños de temores. Como los de todos; como los que cada uno sufre, cada noche. Como aquellos a los que nadie puede escapar. Sí, miedos como los que todos sienten, pero distintos. Distintos, siempre. Porque son miedos oníricos, que ella no puede conocer, ni quiere hacerlo, y que aún menos puede llegar a entender o comprender. Miedos oníricos que se escapan con la luz del sol pero que retornan al estar ella sola y abandonada a su propia suerte, en el medio de la oscura y vacía noche. Distintos, siempre. Distintos a los demás, porque siente, en alguna parte de su ser, que todo acaba. Porque no se lo inventa, ni se miente: sus sueños, se lo dicen.

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