Se despertó, y esperó a que él también se despertase. Esta vez, esta mañana, no se abalanzaría sobre él para que la mañana fuese más amena, ni para besarle y recordarle cuánto amor sentía. Esta vez, se levantó, sin más, y esperó a que él lo hiciera solo. Se preparó el desayuno, aparentando normalidad. «Sólo un dolor de cabeza», nada más. Miró el reloj y le pidió que se apresurara, pues tenía trabajo que hacer.

La puerta se abrió, dejó paso para que él dejase la casa, y luego se cerró. Quedó ella, sóla, como siempre, sumergida en sus pensamientos. Había soñado demasiado con cómo terminaría todo, y no quería que ese fin la tomase por sorpresa. Llevaba unos meses cambiándolo todo de sitio, «ordenando», decía. Sí, el orden es algo curioso: ahora todo lo que le pertenecía estaba perfectamente localizado, e incluso se las había apañado para sacar antes alguna que otra cosa de gran valor para ella, para no tener que cargar ahora. No tenía mucho tiempo, aunque quedase toda la mañana por delante. Buscó sus bolsos, y fue tirando dentro, una a una todas sus pertenencias personales, desde ropas hasta cuadros. Incluso tenía preparado un bolso especial para las pertenencias más frágiles. Se lo llevó todo. No le ocupó de todos modos mucho espacio, sólo un par de maletas: tuvo que ‘sacrificar’ algunas cosas que, al fin y al cabo, no le importaba dejar.

Sonó el timbre. La estaban esperando. Un taxi, y una amiga. La única que estaba dispuesta a respaldar esa decisión, la única que lo sabía. Bajó todo a la acera y subió una última vez, para respirar el olor de la soledad y dejar una última nota: «Si algún día me perdonas, volveré. »

Marcó el número de él desde su móvil, y tras escuchar la voz de él del otro lado del teléfono, susurró, entre un leve llanto un «lo siento» desgarrador, dejando los interrogantes de él sin respuesta. Lo apagó y dejó sobre la mesa, junto a su nota. Posó, a su vez, la única copia de las llaves de la casa que tenía.

Decidió, abandonarlo todo. Todo, menos aquella sortija que los unía, y que jamás estaría dispuesta a quitarse. Por mucho que todo hubiese terminado. Por mucho que, al fingir, algo se pudra por dentro.

La puerta se abrió, dejó paso para que ella abandonase la casa, y luego se cerró. Todo, había acabado ya.

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