Ya se había fusionado el sabor de los dos en uno solo. Se desvió entonces de aquellos labios y descendió, lentamente; sus pequeñas pausas, además de denotar pasión, evitaban que el sonido de los besos plantados en su piel le impidiesen hacer notar cómo variaba la respiración de ella. Meditó en silencio un instante, al llegar al final del cuello, haciendo pequeños círculos en la piel de ella con los dedos, y la nariz. Temía dejar ver su duda, aún más que a la duda misma.

Ella estaba sumergida en sus sensaciones: la idea de ser desvestida le daba algo de miedo, o más bien, provocaba una sugerente tensión. Lo mejor era no hacer del silencio un momento incómodo, y levantó la cara de su compañero, con el fin de posar un beso en sus labios. Dudó un momento, preguntándose si estaba haciendo lo correcto, pero se dejó llevar, y sonrió como seña de secreta aprobación. Al fin y al cabo, el tacto de esos labios sobre su piel, no hacían más que reclamar más placer y una dependencia innata a ese contacto.

No quería decepcionarla (ni a sí mismo tampoco), así que siguió acariciando la piel con la nariz y sus labios y, de vez en cuando, recorriendo pequeñas distancias con su lengua. No tardó en darse cuenta que la camisa de su novia no le permitía continuar descendiendo, por lo que, de a poco, desabrochó los primeros botones con una mano, y continuó bajando. Su mano libre pronto se encontró acariciando las largas piernas de ella.

Al darse cuenta que un suspiro intentaba escaparse de ella, apretó sus labios inferiores con los dientes, por vergüenza, y, quizás, demasiada inocencia. Era incapaz de resistirse al placer y a la dulzura que su novio le ofrecía.

Era preciosa, con sus ojos negros mirándolo y sonriendo, sonrojada, tratando de ocultar su cara. Se acercó y la besó: extrañaba la sensación de sus besos, al igual que ella. Decidió entonces consacrar sus labios a los de ella, y continuar acariciándola: primero el cuello, luego descendió por el costado de su espalda hasta topase con el principio de aquellas piernas que tanto le gustaba sentir.

Necesitaba sentir su cuerpo, su calor. Le clavó los ojos buscando una aprobación, y le quitó la camiseta. Inspiró lentamente para poder sentir su olor, y se quedó abrazada a él, acariciando continuamente su espalda y sintiendo el ardor de su cuerpo, posando besos en su cuello. Musitó un «te quiero» en su oído, tras lamer dulcemente el lóbulo de su oreja, y se separó de él para mirarlo una vez más.

Sin despegar su mirada de ella, la despojó de su prenda. Posó un nuevo beso en sus labios, y una caricia se deslizó por la piel ahora descubriera, explorándola. Quizás fuese la vergüenza, o más bien el no querer sonrojarse, tal vez el querer centrar sus sentidos en el tacto y el sabor, lo que hizo que cerrara los ojos.

Sus labios volvieron a incrustarse en su labio inferior, y cerró ella también sus ojos.

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