¿Cuántos habrán respondido que sí a la Muerte, libremente y de corazón? No serían ni una décima parte, de quienes se entregan a ella como modo de vida.

El silencio puede ser gratificante, pero puede también ser destructor. Cuando las palabras no se oyen, cuando el receptor está ausente, cuando el mensaje está vacío. Silencio. Silencio por respuesta, silencio como pregunta. Y algo que nadie nunca llega a entender.

Me gustaría gritar, a veces. Quizás llorar, pero no suelo hacerlo, por muy sano que sea. Podría provocar una masacre, para solucionarlo. Podría abandonarlo todo, dejarlo todo atrás, como tantas veces se me ha ocurrido hacer. O podría quedarme sentada, en una esquina, viendo a los demás reír mientras me consumo lentamente.

O quizás podría no tener que llegar a nada de eso. Pero hay un vacío, hay un vacío enorme que no hace más que crecer. Podría ser muchas cosas, podría ser sólo estrés, o incluso ser aburrimiento apelotonado.

Pero es algo más, lo sé. Tiene que serlo. Porque cada vez que pasa, es que algo va mal, quizás muy mal.

El problema es que las cosas no podrían ir mejor.

Un par de rostros me iluminan por la mañana, independientemente de mi humor, y apenas cruzo una puerta, todo vuelve como al principio. Quizás me acostumbré tanto, que hay cosas que ya no me bastan. Necesito algo. Algo que quizás vaya más allá de las palabras conocidas, y que no podría describir.

Algo, que colme el vacío, que lo llene por completo. O al menos algo que me haga saber qué es lo que me está impidiendo ser feliz.

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