Aquellos eran buenos tiempos, pensaba, susurraba, quizás demasiado tímido como para decirlo en alto. Eran buenos tiempos, aquellos lejanos plasmados en una vieja fotografía que no hacía más que empolvarse.

No eran tiempos como los de ese momento. Eran distintos, habían cambiado, y todos podían percibirlo. Quizás fue ese malestar común, el haberse dado cuenta que las cosas no habían salido según lo previsto, o el aire fatalista en el que se encontraban, lo que les impedía gritarlo, siquiera decirlo. Las cosas habían cambiado, pero nadie quería admitirlo.

En el interior de cada uno, anhelaban aquellos tiempos pasados, que cada día se hacían más lejanos. Los anhelaban, esperaban recuperarlos, pero ya era demasiado tarde. La traición, la evasión y la falta de compasión habían desintegrado todo aquello que podría haberlos unido cada día más.

Los errores, no se revierten, no se reemplazan. Sólo pueden ser olvidados, perdonados. Pero cuando todos nos equivocamos, el orgullo consigue que el perdón sea más difícil de ser concedido.

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