Dormía. Preciosa damisela tumbada en su cama, dormía apaciblemente. Su puerta, cerrada, se vio abierta por aquel joven que tanto la había añorado a lo largo de su vida, al vivir lejos de ella. La miró, desde la puerta, sin atreverse a dar un paso más. ¿Si se despertaba, que pensaría de él? Lo creería un acosador, pensaría que intentaba hacer alguna locura, aprovechándose de su sueño. Pero su amor podía más que él, y se acercó a ella, deteniéndose frente a la cama, sentándose en la alfombra, mirándola. Mirándola, y sintiendo que lo que más lejos se encontraba de él, estaba sin embargo tan cerca… Un corazón, sólo eso quería. No, no uno cualquiera, ese corazón que palpitaba en su pecho… pero no podía ser suyo. ¿Por qué el destino se lo impedía? ¿Por qué teniéndola tan cerca, en un angelical sueño, no podía soñar él también? Ella le prometió ser suya… sólo suya. Pero no ahora. Ni después. Ella le había prometido que sería suya. Y ahora ya no puede cumplir su promesa. ¿Por qué? ¿Que fue lo que hizo mal?

Despierto se quedó mirándola, las manos sobre la cama, y la cabeza sobre éstas, mirándola, sólo mirándola…. Y soñando. Siempre soñando con sus besos y sus abrazos, pues era eso lo que él más quería en el mundo. No supo resistir la tentación, y acomodó unos cabellos que caían sobre la faz de su amada. Acarició su cara, lenta y suavemente, deseando poder besarla. Se acercó a ella, de modo a poder sentir su respiración, siempre acariciando su cara… siempre. Se acercó tanto que ya la veía difuminada, y cerró los ojos, al tiempo que posaba un beso sobre sus labios.

La bella durmiente frunció el ceño y abrió los ojos. Ahí lo vio, muerto de vergüenza, por haberle manchado el rostro con sus labios. Ella se levantó y sentó en la cama, buscando su mirada furtiva, hasta que consiguió fijar sus ojos en los suyos. Estiró su mano, y el cerró los ojos de dolor antes de tiempo. Lo que creía que sería un golpe no fue más que una caricia y aún con los ojos cerrados sintió otra vez esos dulces labios sobre los suyos. Abrió los ojos sorprendido, pero ella ya estaba sonrojada y tumbada en la cama, dándole la espalda.

Ambos nos quedamos en silencio, hasta que él dijo; y ella, a la vez, pensó:

«Lo siento. No puede volver a pasar.»

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