Fue seco, frío. Pero rápido, al menos. Entró con la facilidad con la que luego salió, abriendo un agujero fino, leve, pero mortal. Se coloreó de rojo, una vez, y después otra, y otra, hasta que las marcas fueron casi incontables. El flujo se volvió tan espontáneo como el del agua salada del mar, que corría por los ojos intentando escapar.

No era el sentimiento de dolor, lo que más estremecía su alma y su cuerpo: su presencia quedaba completamente enmascarada con el sentir de la traición, y de la mentira.

Cayó, en silencio, y se quedó ahí, sin decir nada, con los ojos cerrados. No quería mostrar dolor, no quería mostrar debilidad, sólo quería dejarlo todo y ser olvidada, de la manera más sencilla, sin que nadie tuviese porqué recordar su última expresión, su última palabra. No existían, del mismo modo que hacía tiempo ella había dejado de existir.

Y bajo la lluvia, no sucedió nada más.

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