Si tuviese que desprender una lágrima por cada persona, por cada momento compartido y mirada cómplice, por cada risa y sonrisa, por cada trago de alcohol y calada, por cada pelea y abrazo, por cada excursión nocturna y siesta interminable, por cada canción ansiada y canción odiada, por cada película que no se pudo ver y juego que se pudo jugar… Por cada recuerdo anclado en la memoria.

Si tuviese que desprender una lágrima por cada una de esas cosas, si cada uno tuviese que desprender siquiera una pequeña lágrima por ello… No sé yo qué pasaría, no sé yo si todavía me quedaría agua en el cuerpo, para terminar de llorar por todo lo que se ha perdido en el tiempo, y que el Tiempo no va a devolvernos. No si no peleamos por ello.

Si tuviese que limitarme a amar a una sola persona, moriría en el intento, porque mi corazón ya no puede quitar a media docena de personas de dentro. Se han instalado, se han apalancado, y se han anclado por siempre ahí. Algún día, alguna marca en mi cuerpo, en nuestros cuerpos, marcará la diferencia, y dejará claro que no hay nadie que podrá nunca hacerme sentir como ellos.

Si tuviese que elegir un solo recuerdo, me estallaría la cabeza recordando cada segundo que he pasado en Esparta, cada minuto, cada hora y cada día. Porque no hay uno solo que pueda descartar, no hay uno solo que pueda elevar más alto que todos los demás.

Si tuviese siquiera la posibilidad de parar el tiempo unas horas, si pudiese hacerlo, cualquier hora en Esparta habría sido conveniente, habría sido ideal. Porque más allá de las peleas y los abrazos, más allá de todo eso, somos nosotros, sólo nosotros. Y peleandonos o amándonos, somos nosotros, y nadie más. Somos los únicos capaces de querernos y odiarnos enseguida, pero sin dejar de querernos nunca.

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